NUEVO ARTÍCULO: «LA MUJER. POR LA PAZ» (Nov 1904)

 

LA MUJER. POR LA PAZ


En Las Dominicales de 18 de noviembre de 1904


Como a un día sucede otro día, a una idea puede otra idea y a un trabajo otro trabajo, con lo cual van modificándose las sociedades en su avance hacia la perfección humana.

«Primero es un albur trémulo y vago», como dijo el poeta en una de sus becquerianas, «luego chispea, crece y dilata en ardiente explosión de claridad...».

¿Cuánto tiempo necesita para llegar a su zenit el sol de una idea y envolver en su lumbre a la humanidad?

No puede calcularse; pero cada vez se hace más fácil, más rápida esa elevación de la gran hostia del ideal.

Ayer, el Congreso de Roma; hoy, la Paz universal. Seguramente que también habremos de figurar como pueblo fuerte en este divino trabajo de amor humano.

Hace cinco años, en vísperas de la Conferencia de La Haya, se sintieron en nuestra España las palpitaciones de ese nobilísimo sentimiento que creó la Liga por la Paz.

Por entonces, nos llegaron de unas y otras naciones elocuentes llamadas para que secundáramos el movimiento generoso de las magnánimas mujeres, interesadas en el triunfo de la fraternidad universal. Las cariñosas excitaciones de las inglesas, alemanas, francesas, belgas y demás mujeres que tomaban parte en la Conferencia de la Paz hallaron ecos en muy pocos corazones españoles.

El pobre esfuerzo hecho por algunas de nosotras no tuvo resultados, pues ya se sabe lo que representa un trabajo encomendado a nuestro sexo, en este triste país, en donde se mira con pocas simpatías toda tarea que salga fuera de nuestras rutinarias costumbres.

«Aquel albor trémulo y vago», que llegó entonces a nosotras, hase convertido hoy en un resplandor inmenso, desde el momento en que, hombres de grandes energías y bellos corazones, ondean la blanca enseña de tan alta causa.

Ahora nos toca acudir nuevamente a agruparnos bajo ese oriflama de amor, para escalar la cumbre en que ha de clavarse, a fin de que el mundo entero pueda contemplar la consagración real de los derechos humanos, la verdad de la doctrina de la fraternidad del hombre.

La ocasión no puede ser más oportuna. La hora en que dos pueblos se deshacen en horribles embestidas, para seguir afirmando el derecho de la fuerza1, debe ser también la hora en que despierte el mundo para comprender su humanitario deber.

Desde las más remotas edades vemos al hombre empeñado en conocer su destino de amor eterno. Ya en Delfos se rendía culto a la luz, culto a la paz. En las sangrientas guerras del Peloponeso aparece Apolo, dios de la harmonía [sic], exigiendo a los combatientes el sacrificio de sus odios y rencores en aras de una dulce fraternidad.

¿Por qué, pues, tan largo el imperio de Marte?

La humanidad debe ya sentir sed de descanso, ansias vivísimas de despojarse para siempre de la pesada armadura que lleva sus hombros.

El espíritu del siglo, saturado de todas las esencias del amor humano, no puede avenirse al sostenimiento de esa institución, hija de los tiempos de cruel barbarie y trabajará con ahínco por acabar con los inicuos atropellos a la paz universal, y los terribles sacrificios de la paz armada.

En su hermosa alocución, las mujeres inglesas nos decía: «No criemos más hijos que hayan de corromperse en el cuartel y morir en el campo de batalla».

Secundemos esta nobilísima actitud de las extranjeras que ayudan a la gran obra de la Paz. ¡Mujeres de España, que aún tenéis el corazón sangrando del dolor de perder a vuestros hijos en las guerras coloniales, haced un esfuerzo en holocausto de aquellos pobres mártires y acudid a formar en las huestes generosas que enarbolan la bandera de la Paz!

Y si no basta el dolor sentido por vuestras desdichas, reforzadlo con el pensamiento angustioso de la tremenda hecatombe que ensangrienta ahora los mares y los campos del Japón.

Que el horror que se experimenta ante las tristes noticias que de allá se reciben inflame nuestros corazones en una ardiente piedad por los que sufren el infernal azote de la guerra.

Poco hay que hacer. Responder únicamente a la nueva llamada que nos dirige el invicto adalid de toda humanitaria empresa2.

LAS DOMINICALES nos llaman, acudamos a los ecos del harmonioso clarín que nos convoca para cantar el gran hosanna al ideal del siglo XX.



AMALIA CARVIA


Valencia, Noviembre de 1904.


1Se refiere a la guerra ruso-japonesa de febrero de 1904 a septiembre de 1905.

2Las Dominicales habían emprendido una campaña Pro-Paz a partir del número del 28 de octubre, donde anunciaba que «el badajo de la campana de Las Dominicales va a comenzar a golpear sobre el bronce» llamando a la Paz, y precisamente, en la editorial de este número del 18 de noviembre, el director,«Demófilo», seguía escribiendo «Proletarios de los países: a la paz».

 

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