AMALIA CARVIA, FIGURA HISTÓRICA DEL FEMINISMO GADITANO



Amalia Carvia Bernal.
Fuente: Portada de La Conciencia Libre, de 1 de enero 1897


AMALIA CARVIA, FIGURA HISTÓRICA DEL FEMINISMO GADITANO


Manuel Almisas Albéndiz


Desde una perspectiva histórica, hoy podemos considerar que en Cádiz varias mujeres del siglo XIX fueron precursoras del feminismo o se comportaron y actuaron como verdaderas defensoras de los derechos de las mujeres. Nos referimos a Margarita Pérez de Celis, María Josefa Zapata o Guillermina Rojas, entre otras. Pero, que sepamos, solo una de ellas, Amalia Carvia Bernal, se declaró abiertamente feminista, colaboró con revistas feministas, e incluso escribió en 1915 que desde el año 1885 ella y su hermana Ana ya llevaban treinta años trabajando para lograr la emancipación femenina. Hagamos un breve repaso de su trayectoria. 
 
     Fue en 1885 cuando Amalia conocerá a través del periódico madrileño Las Dominicales del Librepensamiento a la, ya entonces, insigne poetisa y dramaturga Rosario de Acuña, y ese hecho le marcó para siempre. En su primer artículo de adhesión a la revista, aparecido el 28 de diciembre de 1884, leía Amalia por vez primera los argumentos de una mujer como Rosario de Acuña, defendiendo fervientemente la ilustración y la dignificación de la mujer, llamando a la lucha por sus derechos. Y poco después declaraba querer formar parte de esa «pléyade de mujeres» que deseaban trabajar «heroicamente» por la redención de sus hermanas.
     Rosario de Acuña ingresó en la masonería a comienzos del año 1886, en concreto en la Logia alicantina «Constante Alona» con el nombre simbólico de Hipatia, y este hecho pudo ser un ejemplo para Amalia que poco después ingresó ella también en otra logia de Cádiz, en la creencia de que en la Masonería tenían las mujeres un espacio donde poder realizarse y ayudar a su liberación. Sin embargo, al poco tiempo Amalia comprobó que las logias mixtas cohibían y provocaban el rechazo de muchas mujeres, por lo que decidió organizarlas de forma «no mixta», fundando la única Logia femenina que ha existido en Cádiz, «Las Hijas de la Regeneración», y de las pocas que existieron en España en esos años finales del siglo XIX.
      En 1896 comenzó una nueva etapa de su militancia feminista cuando conoció a Belén de Sárraga, que en Barcelona estaba intentando organizar a las mujeres al margen de la masonería y para ello consideraba imprescindible editar un periódico hecho por mujeres y para las mujeres. La Asociación General Femenina, que finalmente creó Sárraga en Valencia, y la revista La Conciencia Libre, dirigido también por ella, cuyo primer número salió en Barcelona, dieron un nuevo vuelco a su vida. No solo abandonó la masonería para siempre, sino que se dedicó a promover y fundar asociaciones autónomas de mujeres, lográndolo en Cádiz, con la Asociación Femenina «Concepción Arenal», y en Huelva, con la Unión Femenina de Huelva, e intentándolo en Sevilla, según sus palabras, pero sin existir constancia de que lo consiguiera. También comenzó a escribir para La Conciencia Libre desde el primer número, obteniendo una gran reputación en medios librepensadores, republicanos y obreros, como escritora y oradora, y finalmente decidió trasladarse a Valencia, donde en ese momento ya vivían su hermana Ana Carvia y Belén, en un bullicioso ambiente feminista, librepensador y republicano que en nada se parecía al que dejaba en el entonces fanatizado y oscurantista Cádiz finisecular.
      Aunque se han perdido numerosos ejemplares de La Conciencia Libre de esa primera época, se puede decir que la siguiente etapa feminista, y más decidida aún si cabe, de Amalia Carvia, fue en la segunda época de la revista que se publicó en Málaga a partir de 1905. En esos años escribió sus artículos más encendidos, coincidiendo con un giro más feminista de la revista, que se traducía en la editorial del n.º 4 que se titulaba «Feminismo y feminismo». El mensaje era claro. Mientras acusaban a los dirigentes de los partidos de hacer «dormir un sueño de muerte» al pueblo «bajo el manzanillo del parlamentarismo», la redacción llamaba a la lucha de las mujeres por su dignificación, llegando incluso hasta la «ruda violencia» si hiciera falta.
De este periodo es su artículo más conocido y que llevaba por título el sugestivo y clarividente «Paso a la mujer», un duro alegato a los hombres que se oponen al avance de la mujer, que despreciaban el valor de la intelectualidad femenina, y que solo consideraban a la mujer como «hembra». Más tarde, cuando Belén marchó a Latinoamérica y se clausuró la revista, Amalia se centró en la enseñanza como maestra laica en su propia escuelita de niñas de la calle Villena de Valencia, y no será hasta 1915 cuando comience una nueva etapa feminista. Su hermana Ana Carvia y su amiga Ángeles Guiñón Romero fundaron la «Revista Mensual Feminista» Redención, editada en Valencia (1915-1922), de la que Amalia pronto fue redactora. Esta revista se propuso ser el aglutinante y organizador de las mujeres, y lo consiguió, ¡vaya si lo consiguió!
     Pero quizás la labor más visible y reconocida de Amalia en esta época declaradamente feminista fue el haber colaborado en la organización de la Liga Española para el Progreso de la Mujer (LEPM) en abril de 1918, de la que fue su Secretaria desde su constitución y hasta el año 1922. Esta Liga fue la primera organización de ámbito estatal creada para la defensa de los derechos de la mujer, con sede en Valencia, y solo meses más tarde, y como reacción a esta iniciativa, se formaron en Madrid la Asociación Nacional de Mujeres de España (ANME) y poco después la Unión de Mujeres de España (UME). En ese periodo se implicó en la labor de solicitar al Congreso de Diputados la reforma del Código Civil, tan retrógrado e injusto para las mujeres, pero, sobre todo, las mujeres de la Liga fueron las pioneras en solicitar el voto integral para las mujeres. Ellas, que habían nacido feministas, por azar de la política, pues se quiso aprobar en las Cortes por iniciativa gubernamental un voto femenino muy restringido, se convirtieron, «de sopetón», en las primeras sufragistas de España.
     Después de varias iniciativas parlamentarias y comunicados en la prensa, en 1920 registraron en el Congreso la primera petición oficial del voto integral para la mujer. El Diario de Sesiones de las Cortes de febrero de 1920 recoge que la Comisión Permanente de Peticiones del Congreso escribía esto sobre la Petición nº 7 recibida: 
 
« -La "Liga española para el progreso de la mujer", constituida en Valencia, suplica se conceda a la mujer el derecho de sufragio sin restricción alguna. La Comisión propone que se remita al Ministerio de la Gobernación».

Esta petición pionera escrita por Amalia Carvia como Secretaria de la LEPM es citada por la autora Concha Fagoaga en su famoso libro «La voz y el voto de las mujeres»1.
     En noviembre de 1919, después de mucho batallar por parte de Ana Carvia y de la LEPM en pos de la unión de las feministas españolas, para ponerse a la par de las del resto del mundo, donde en muchos países se habían constituido ya Consejos Nacionales de la Mujer, se hizo realidad el Consejo Supremo Feminista de España, constituido en Madrid y presidida por María Espinosa de los Monteros, y de la que Ana fue la Vicepresidenta hasta su disolución. Amalia Carvia, como presidenta de la Sociedad femenina «Concepción Arenal», de Valencia, entró a formar parte de dicho Consejo Supremo como «vocal nato» desde 1920.
     Después de la oscura y represiva etapa de la Dictadura de Primo de Rivera, y con la llegada de la Segunda República en 1931, Amalia, que ya alcanzaba los 70 años de edad, volvió a tener una valiente intervención en pro del voto integral femenino. Su voz fue de las poquísimas que, en esos meses de redacción de la Constitución republicana, defendió a Clara Campoamor en su lucha por recoger en la Carta Magna ese derecho inalienable de las mujeres. Al menos en Valencia fue la primera. El 6 de agosto de 1931, y en un ambiente muy hostil a las posiciones sufragistas en los estamentos republicanos, Amalia Carvia fijaba su posición, que era la que ya mantuvo en 1920. En la portada de El Pueblo (Valencia) dejó escrito2 que el derecho de la mujer al voto integral era una cuestión de justicia y un signo de progreso; la papeleta electoral era su documento de dignidad de ciudadana. Y advertía que cuando a los hombres le concedieron ese derecho nadie miró si estaban preparados para ejercerlo, ni si tenían conocimientos para ello. ¿Por qué esas dudas con las mujeres? Y en una columna fechada el 8 de octubre, cuando ya se había aprobado una semana antes el artículo 36 de la futura Constitución de la República que recogía «los mismos derechos electorales» para hombres y mujeres, Amalia felicitaba públicamente y de forma entusiasta a Clara Campoamor en nombre de un grupo de feministas valencianas3.Amalia se dirigía a Clara Campoamor como «compañera de lucha», pues ambas coincidieron en el Consejo Supremo Feminista, siendo Clara una joven universitaria, y la elogiaba por su valentía y por su fe en el «ideal redentor para la mujer». Al mismo tiempo, se lamentaba de que hubiera tantos diputados y políticos que se anclaran en sus prejuicios: «¡Triste cosa es ver al hombre culto y progresivo poner obstáculos al cumplimiento de un deber de justicia, intimidado por las sombras del ayer, por un miedo pueril al fraile y a la beata!». Lejos de la estrechez de los intereses partidistas, y haciendo gala de su feminismo por encima de todo, escribía que «las feministas» también estaban agradecidas al Partido Socialista, que habían votado apoyando a Clara Campoamor, por haber contribuido al triunfo de los derechos de la mujer.
     A partir de este momento, la historia convulsa de la Segunda República española la convirtió en una defensora a ultranza del republicanismo, aunque siempre desde la visión de la mujer, convirtiéndose en la respetada y querida presidenta de la numerosa Agrupación Femenina Republicana «Flor de Mayo» del Distrito Centro de Valencia, donde vivía. Su último artículo donde habló del sufragio femenino fue tras las elecciones generales de noviembre de 1933, cuando las mujeres votaron en el estado español en igualdad de condiciones que los hombres. Se extendió la indignación por haberse visto por vez primera a las monjas de clausura por las calles para ir a depositar su voto en las urnas. Un voto conservador con destino a la CEDA de Gil Robles, con total seguridad. Para Amalia Carvia hubiera sido muy fácil sumarse a ese coro de indignación, pero su mirada volaba más alto. En la portada del diario El Pueblo (Valencia), junto a una editorial que se titulaba «Los desastres del voto femenino», Amalia escribía en su «Después de la lucha» que el voto femenino había tenido la fuerza de «abrir los palomares» para que esos seres desdichados, las monjas, pisaran de nuevo el mundo. Es verdad que se encontraban ahora con una nueva «fuerza enemiga», pero ella era optimista y confiaba en el trabajo entusiasta de las republicanas para contrarrestarla, poniendo siempre por encima de todo el nuevo avance social que podría resultar de ese hecho. «Bendigamos al voto femenino si ha tenido la fuerza para abrir las puertas de los conventos y que las auras de la calle penetre en ellos».
Hasta el final de su vida Amalia consideró que el sufragio y el derecho al voto de la mujer había sido un «hermoso logro del feminismo» y que debía respetarse y conservarse para siempre.




1 Fagoaga, Concha. «La voz y el voto de las mujeres. El sufragismo en España 1877-1931». Editorial Icaria, Madrid, 1985.
2 Amalia Carvia. «Sobre el voto de la mujer». El Pueblo (Valencia) de 6 de agosto de 1931.
3 Amalia Carvia. «De la hora presente. Carta abierta a la señorita Clara Campoamor». El Pueblo (Valencia) de 13 de octubre de 1931.

  
Artículo basado en «¡Paso a la mujer! Biografía de Amalia Carvia». Manuel Almisas Albéndiz. Ediciones Suroeste, El Puerto (Cádiz), marzo de 2019. Incluye un CD con su obra recopilada por el mismo autor, «Desde las Cumbres, de Amalia Carvia».

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