LA DULCE AMISTAD DE AMALIA CARVIA Y FERMÍN SALVOCHEA
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| Fermín Salvochea, Amalia Carvia y Pilar Álvarez |
LA DULCE AMISTAD DE AMALIA
CARVIA Y FERMÍN SALVOCHEA
Manuel Almisas Albéndiz
«Mi
patria
es el mundo, mi religión hacer el bien, mi familia la humanidad»
(Fermín Salvochea, 1874)
«Llamo mi patria al mundo;
mi familia a la humanidad...Algunas veces, fatigada de las penosas
jornadas, quisiera dormir, pero el gemido del que sufre estremece
todo mi ser y sigo adelante...».
(Amalia Carvia, 1890)
Es desconocida la curiosa relación
de estos dos gaditanos ilustres, el legendario pensador republicano
federal y anarquista Fermín Salvochea Álvarez, y la escritora y
publicista librepensadora y feminista Amalia Carvia Bernal, quien
manifestó que mantuvo una «dulce amistad» con Fermín, e incluso
se consideró postreramente su «hija espiritual».
Amalia Carvia, nacida en 1861,
recordaba que en su niñez había oído hablar de las «proezas de
luchador» de Salvochea y que había arrullado sus infantiles sueños
la relación de sus benéficas acciones «que encendían
en mi ser el ansia loca de embriagar mi alma en esos santos amores
por la humanidad doliente»1.
Se refería a la participación de Salvochea en la «Revolución
Gloriosa» de 1868 que derrocó a la reina Isabel II, dando inicio al
«Sexenio democrático» y en la posterior insurrección de sus
Batallones de Voluntarios en las sierra de Cádiz y Málaga, donde
murieron sus amigos Rafael Guillén Martínez y Cristóbal Bohórquez
Gómez (el «niño Bohórquez), convertidos desde entonces en
mártires para los revolucionarios gaditanos.
Amalia también era una niña de 11 años cuando se
proclamó la Primera República el 11 de febrero de 1873 y el
consiguiente movimiento cantonalista de los republicanos federales,
con Salvochea a la cabeza. Según Amalia, antes de proclamarse la
República, ya empezó a soñar con ella, pues los «románticos
republicanos de aquellos días», no hablaban más que de la «Niña»,
como la llamaban: «Ya viene la Niña», «vamos a traer prontamente
la Niña», oía decir a su alrededor, y se imaginaba la República
como «una bella princesita de ensueño, con su gorrito frigio
sobre las rubias guedejas, envuelta en el manto rojo y ondeando con
sus delicadas manitas la bandera tricolor»2.
Desde entonces, decía, Amalia se sintió republicana para toda la
vida.
Es más que probable que la tarde del 17 de diciembre de 1885 Amalia
y sus hermanos Manuel y Ana acudieran al puerto de Cádiz para
recibir a Fermín Salvochea que a bordo del vapor «Malvina» volvía
a sus ciudad natal tras 12 años de prisión y destierro. Semanas
antes había fallecido el rey Alfonso XII y se había decretado un
indulto general, motivo por el cual Salvochea y su madre Pilar
Álvarez dejaron Tánger (Marruecos) y regresaron a España. Pero la
evidencia de que Amalia conoció a Salvochea personalmente tuvo lugar
unos meses más tarde, cuando Amalia comenzó a frecuentar el Círculo
Librepensador «Guillén Martínez» que había impulsado Salvochea y
otros veteranos republicanos y anarquistas, y que se inauguró
oficialmente el 29 de marzo de 1887. En el diario El Socialismo
que fundó Salvochea a los dos meses de volver del exilio, se
publicaban crónicas y noticias del Círculo Librepensador, y allí
se pudo leer en el ejemplar del 31 de mayo que había tenido lugar
«la lectura de dos bellísimas composiciones, una en prosa y otra
en verso, de las jóvenes entusiastas librepensadoras Amalia y Ana
Carvia que fueron sumamente aplaudidas».
Por tanto, se puede establecer la primavera de 1887 como la fecha
cierta en que Amalia y Fermín se conocieron personalmente. Amalia
era una «joven» de 26 años y Fermín acababa de cumplir los 45
años con una vida legendaria, aunque penosa, a sus espaldas. Amalia
Carvia siguió frecuentando el Círculo hasta su clausura
gubernamental a finales del año, pero su momento «estelar» fue el
discurso que leyó en el mes de septiembre y que tuvo que impactarle
mucho a Salvochea para que decidiera publicarlo íntegramente en el
ejemplar del 1 de octubre. Amalia notaba con pena la ausencia de
mujeres, y animaba a las trabajadoras a sumarse a la vida del
Círculo, responsabilizando a los hombres republicanos y
librepensadores de no empezar haciendo proselitismo entre sus
esposas, hermanas, hijas o madres, para hacerlas mujeres conscientes
y futuras ciudadanas.
Salvochea fue detenido y encarcelado en 1891 por haber organizado
los primeros actos del 1º de mayo en Cádiz en 1890. Y estando en
prisión fue señalado burdamente como el responsable de las acciones
de la Mano Negra en las revueltas jornaleras de Jerez de 1892, por lo
que padeció otra larga temporada en varios presidios. En este
tiempo, Amalia y su hermana Ana visitaron con frecuencia a su madre
Pilar Álvarez, cuando esta vivía sola en la calle Manuel Rancés.
Estas visitas las recordará Amalia en algunos artículos, donde
aprendió a valorar la enorme personalidad de la madre de Salvochea,
tan rica en matices piadosos y humanitarios. También conoció el
doloroso episodio que vivió Salvochea en octubre de 1893 cuando se
quiso suicidar en la cárcel de Valladolid. Así lo recordaba Amalia
en 1934: «...al negarse Fermín a asistir a la obligada misa, le
castigaron de la manera más cruel, encerrándole en un nauseabundo
calabozo, en donde era imposible estar por irrespirable, lleno de
cieno y de bichos roedores. Durante algunas horas sostuvo aquel
mártir sus fuerzas, pero al faltarle, la desesperación se apoderó
del que con tanta paciencia lo soportaba todo; ...y al pensar que tan
horrible castigo le había sido impuesto por querer ser un hombre
digno y defender con energía los fueros de su conciencia, sintió
horror hacia la vida, comprendió que no le era posible vivir en una
sociedad tan injusta e inhumana y con un pequeño cortaplumas que
conservaba se abrió las venas...».
El 5 de abril de 1899 Amalia Carvia tuvo que vivir otro momento
inolvidable que esta vez no pudo compartir con su hermana Ana, quien
hacía dos años que se había trasladado a Valencia. Se trataba de
la llegada a su pueblo natal de Fermín Salvochea tras otros nueve
años de presidio y persecuciones. Nuevamente un indulto lo trajo de
vuelta a casa y el recibimiento fue impresionante. El día siguiente,
en El Pueblo de Cádiz, además de una editorial del director
León Máinez titulada «¡Viva Fermín Salvochea», venía una
crónica de la acogida del pueblo gaditano al «defensor de todo
lo justo, el padre de los pobres, la esperanza y el consuelo del
trabajador», cifrando en más de 8.000 personas las que
acudieron a la estación de ferrocarril a saludar y aclamar al
«alcalde modelo de Cádiz». También en la portada del siguiente
número de El Pueblo (13 de abril) se publicaba un poema de
Amalia en octavillas italianas titulado «La Bienvenida» y cuyo
subtítulo era: «A nuestro querido amigo Fermín Salvochea»,
que comenzaba así:
Ya lo has visto, Salvochea:
ya has visto el gran regocijo
con que este pueblo, a su hijo
ha acudido a recibir;
él te da una prueba hermosa
de su adoración inmensa,
como noble recompensa
a tu tremendo sufrir. (...)
La última vez que coincidieron Amalia y Fermín fue en el funeral
civil de un viejo amigo común, el veterano republicano Isidoro Ángel
Portela, que fue concejal del ayuntamiento republicano de Cádiz, con
Salvochea como alcalde, y que coincidió con ambos en los círculos
librepensadores que se sucedieron en Cádiz en aquellos años. Fermín
Salvochea portaba una de las cintas que estaban prendidas al féretro,
y Amalia era la única mujer que se mencionaba en la nota de prensa
del diario gaditano Diario Popular en marzo de 1900: «Sobre
el sencillo féretro, una hermosa corona de flores», y detrás
marchaban a pie «numerosos hijos del pueblo y entusiastas
propagandistas de los ideales más hermosos, figurando entre ellos la
joven escritora y publicista notable Dª Amalia Carvia, unida al
veterano patriota por lazos de amistad muy sincera».
Pocas
semanas después, Amalia se marchó definitivamente a Valencia, y
Salvochea a Madrid, separándose sus vidas para siempre. La muerte de
Fermín Salvochea el 27 de septiembre de 1907 supuso un doloroso
golpe para Amalia Carvia, que pocos días después publicaba en Las
Dominicales
(Madrid) un extenso artículo1
donde, en su modestia, afirmaba que «en
estas horas luctuosas en que se despide el cadáver del hombre
sublime que atesoró en sí todas las grandezas del amor humano,
muchas y brillantes plumas trazarán la interesante historia de su
vida, tan llena de abnegaciones y martirios. ¿Qué puedo añadir
yo…?».
Y ella misma respondía que «poco, muy poco», a pesar de que ella
tuvo «la
dicha de poseer su dulce
amistad,
pudiendo avalorar en esos años la infinita grandeza de corazón de
un hombre que en sí fundió la menor cantidad de lo humano con la
mayor cantidad de los divino que en la tierra pueda existir».
Y demostrando la gran e infinita sororidad que Amalia demostró toda
su vida, la mayor parte de su escrito se dirigió a compartir aquello
que ella creía que resumía la vida ejemplar de Salvochea, y que
nadie había comprendido hasta ese momento: su madre Pilar Álvarez.
Recordando sus visitas en Cádiz, aseguraba que «bastaba
mirar la noble y majestuosa figura de Pilar Álvarez, para conocer
cuánto de grande se encerraba en su alma; bastaba oírla, cuando con
suave emoción evocaba los días de la niñez de Fermín, para
adivinar que aquel hijo era obra de su madre».
Y
les recordaba y pedía a los que lloraban la desaparición de
Salvochea: «Vosotros,
los que admiráis las virtudes excelsas del último apóstol;
vosotros, los que enumeráis las sublimidades de este héroe del
humanismo, y vosotros también, los que lloráis la pérdida del
defensor de vuestra causa, volved la vista hacia esa adorable anciana
y bendecidla en su dolor.
Por
ella hemos saboreado el inefable placer de tener entre nosotros, en
una época de egoísmo y descreimiento, al ser más noble y más
santo; por ella, España puede enorgullecerse de encerrar en el marco
de su historia la figura más grandiosa de estos últimos tiempos».
En
las décadas siguientes, y especialmente durante la Segunda
República, Amalia recordará con admiración en varias ocasiones a
Fermín Salvochea, incluso durante los años de guerra, destacando
esta frase de octubre de 1936 donde de nuevo lo señalaba como un
amigo: «¡Qué
hermosas me parecían las doctrinas anárquicas en los labios de
Fermín Salvochea, del inolvidable amigo!».
Finalmente, en abril de 1937, con ocasión de un artículo en El
Pueblo
de Valencia, donde se unía a la voz del diputado Castrovido para
pedir que se hiciera pronto realidad la impresión de los sellos de
José Nakens y de Fermín Salvochea, volvía a recordar algunos
aspectos de su vida y le daba las gracias a su también «querido
amigo» Castrovido: «...gracias
mil por ese recordatorio tan noble que agradezco con toda el alma,
por considerarme hija
espiritual
de aquel hombre que pasó entre nosotros para probarnos que en la
humanidad puede haber seres angélicos».
Nota:
Artículo basado en los libros «¡Paso
a la mujer! Biografía de Amalia Carvia»
(Ediciones Suroeste) de Manuel Almisas Albéndiz, y «Desde
las cumbres. Amalia Carvia»
(Ediciones Suroeste), obra recopilada por Manuel Almisas.
1De
su artículo «Fermín Salvochea» en Las Dominicales
(Madrid) de 11 de octubre de 1907.
2De
su artículo «A la niña Filo Ribera» en El Pueblo
(Valencia) de 13 de mayo de 1932.
3
«Fermín Salvochea» en Las
Dominicales (Madrid)
del 11 de octubre de 1907.

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